Desde el exterior es una barrera
impenetrable, ocasionada la brecha al oeste,
y una vez dentro por el roto, olvidas rápidamente las rodadas de 4x4 que
han entrado como tú en el Acebal de Valgañón, atrás quedan los devaneos cotidianos, los arboles
dirigirán ahora los pasos al adueñarse de tu atención, transfunden la clorofila
“crianza” de los acebos al torrente
sanguíneo y esta se acomoda con agrado en el pensamiento que visiona con
nitidez las ensoñaciones arborescentes de las ficciones nocturnas, esas etapas
de duerme vela en las cuales resulta fácil adentrarse en los bosques descritos
por Tolkien…
Deambulas por un sombrío espacio
gótico sustentado por numerosas columnas musculosas, aviejadas cariátides
talladas en nudosos acebos, que han soportado resignados los abusivos ramoneos
del ganado y el cercenado frecuente de sus talles… Podéis imaginar cómo
conservaría la cultura japonesa esta
maravillosa “basílica” arbórea…
Continúas tus merodeos por el
interior de la joya de arquitectura vegetal, y descubrirás algunas “capillas”
erigidas en sendos claros del acebal por parejas,… o tríos, de hayas centenarias, soñar en ellas
sucede con naturalidad, tornan entonces las imágenes oníricas de los bosques de
Rivendel o Larelindórinan en los confines de la Tierra Media... Seguro que los Elfos
hablarían largo y tendido con ellas, despertarían de su letargo a estas sabias
ancianas conocedoras de leyendas
olvidadas,… y cuidarían de ellas con mimo…
Abandonas el acebal por la
desdibujada brecha del este y creerás despertar por la copiosidad de luz que impacta
tus retinas en el bosque desnudo de robles,
mas enseguida objetivas la situación, continúas en la ensoñación inducida ahora
por la envejecida clorofila “reserva”, te sientes observado por miradas hondas,
ancestrales, y que a través de la rugosa
corteza centenaria interpelan tus pensamientos, cohibidos con el porte solemne
de algunos quejigos o rebollos, y, aunque confuso, les respondes:
“… descuida, soy más creativo, no escoriaré tu piel para tatuar marcas
rojas para senderistas poco esforzados en conocer con anterioridad los
pormenores del recorrido…”
“… tampoco romperé
tu sereno letargo con el resonar estridente de los motores de cinco 4x4 y dos
motos de trial, como los que atronaron en la sesión matinal, volveré como
siempre a pie…”
“… hablaré de la
necesidad de mimetizar cualquier infraestructura de tu entorno que rompa el
sosegado equilibrio de este paisaje…”


Tiendo a pensar que cuando un
paisaje comienza a conocerse en publicaciones, medios de comunicación, rutas de
senderismo,… pierde en cada nueva reseña una pizca de encanto, y puede, como
suele afirmarse, que llegue a “morir de
éxito”. Esta suposición me atenaza, ahora cuando te cuento en el blog mis
sensaciones al visitar el Acebal de Valgañón, como me ocurre en el trayecto de
aproximación que, con premura, hago comentarios mordaces o critico con amargura detalles que observo y me resultan
incomprensibles. Me enerva suponer que estamos ante un rincón especial de
nuestra naturaleza, reconocido popular e institucionalmente y debería contar de
toda la protección necesaria, y dista mucho de ello. El cuidado mimoso de este
paraje es nuestra responsabilidad, contribuiremos así a preservar esta sensible
obra de arte paisajístico, digna de un Museo renombrado, y de esta manera
posibilitar que otras generaciones puedan gozar al contemplarla…
No hay comentarios:
Publicar un comentario