jueves, 2 de febrero de 2017

Ensoñaciones en el Acebal de Valgañón







Desde el exterior es una barrera impenetrable, ocasionada la brecha al oeste,  y una vez dentro por el roto, olvidas rápidamente las rodadas de 4x4 que han entrado como tú en el Acebal de Valgañón, atrás  quedan los devaneos cotidianos, los arboles dirigirán ahora los pasos al adueñarse de tu atención, transfunden la clorofila “crianza” de los acebos al torrente sanguíneo y esta se acomoda con agrado en el pensamiento que visiona con nitidez las ensoñaciones arborescentes de las ficciones nocturnas, esas etapas de duerme vela en las cuales resulta fácil adentrarse en los bosques descritos por Tolkien… 



Deambulas por un sombrío espacio gótico sustentado por numerosas columnas musculosas, aviejadas cariátides talladas en nudosos acebos, que han soportado resignados los abusivos ramoneos del ganado y el cercenado frecuente de sus talles… Podéis imaginar cómo conservaría la cultura japonesa   esta maravillosa “basílica” arbórea…



 

 

 

 

Continúas tus merodeos por el interior de la joya de arquitectura vegetal, y descubrirás algunas “capillas” erigidas en sendos claros del acebal por parejas,… o tríos, de hayas centenarias, soñar en ellas sucede con naturalidad, tornan entonces las imágenes oníricas de los bosques de Rivendel o Larelindórinan en los confines de la Tierra Media... Seguro que los Elfos hablarían largo y tendido con ellas, despertarían de su letargo a estas sabias ancianas  conocedoras de leyendas olvidadas,… y cuidarían de ellas con mimo…

 

 

 

 

 

Abandonas el acebal por la desdibujada brecha del este y creerás despertar por la copiosidad de luz que impacta tus retinas en el bosque desnudo de robles, mas enseguida objetivas la situación, continúas en la ensoñación inducida ahora por la envejecida clorofila “reserva”, te sientes observado por miradas hondas, ancestrales, y que  a través de la rugosa corteza centenaria interpelan tus pensamientos, cohibidos con el porte solemne de algunos quejigos o rebollos, y, aunque confuso, les respondes:

                “… descuida, soy más creativo, no escoriaré tu piel para tatuar marcas rojas para    senderistas poco esforzados en conocer con anterioridad los pormenores del recorrido…”

                  “… tampoco romperé tu sereno letargo con el resonar estridente de los motores de cinco 4x4 y dos motos de trial, como los que atronaron en la sesión matinal, volveré como siempre a pie…”

                “… hablaré de la necesidad de mimetizar cualquier infraestructura de tu entorno que rompa el sosegado equilibrio de este paisaje…”

 

 





 

 

Tiendo a pensar que cuando un paisaje comienza a conocerse en publicaciones, medios de comunicación, rutas de senderismo,… pierde en cada nueva reseña una pizca de encanto, y puede, como suele afirmarse, que llegue a “morir de éxito”. Esta suposición me atenaza, ahora cuando te cuento en el blog mis sensaciones al visitar el Acebal de Valgañón, como me ocurre en el trayecto de aproximación que, con premura, hago comentarios mordaces o critico con  amargura detalles que observo y me resultan incomprensibles. Me enerva suponer que estamos ante un rincón especial de nuestra naturaleza, reconocido popular e institucionalmente y debería contar de toda la protección necesaria, y dista mucho de ello. El cuidado mimoso de este paraje es nuestra responsabilidad, contribuiremos así a preservar esta sensible obra de arte paisajístico, digna de un Museo renombrado, y de esta manera posibilitar que otras generaciones puedan gozar al contemplarla…

 

 

 

 

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